30 años después del 23F, más allá del relato oficial, no está nada claro cuál fue el papel de Juan Carlos I de España en en el desarrollo (antes, durante y después) de los hechos. Algunos círculos incluso dudan del supuesto fracaso absoluto del golpe. El tiempo empieza a dar la perspectiva para analizar el 23-F con la suficiente distancia como para ver el cuadro entero. Pero ya unas semanas después del 23F, se convocó en el CTD (Centre de Treball i Documentació) de Barcelona un debate sobre la situación política post-golpe en el que participó, entre otros, Manuel Sacristán. Desde luego, se trata de un análisis en caliente, pero la cercanía temporal y la lucidez del testimonio a lo mejor pueden servir para rescatar algunos elementos que el tiempo ha hecho olvidar. Especialmente el papel (en el sentido puro de obra de teatro) de la izquierda en todo este asunto que ya iniciaba el camino hacia lo que (no) es hoy.

 

Intervención de Manuel Sacristán sobre el golpe del 23-F
Barcelona, Centre de Treball i Documentació
Trascripción: Salvador López Arnal
Fecha: Principios de marzo de 1981


Yo he asistido ya a varias discusiones sobre el golpe del 23 de febrero y he de decir que todas son bastante deprimentes. La que tuvimos el sábado por la mañana, en un círculo de amigos que hacemos una revista [mientras tanto], fue calificada, con mucho acierto, más que sentido del humor aunque tiene bastante, por uno de nuestros amigos, por Víctor Ríos (1), como una coordinadora de angustias. Y, efectivamente, es lo que ocurre en estas reuniones sobre el golpe. En ellas solemos intervenir gente sin partido y algunos de partido. La gente sin partido, por regla general, solemos ponernos analíticos. Como en realidad ya recibimos nuestro merecido hace años, a saber, ya sufrimos bastante trauma el día que salimos de nuestros partidos al cabo de más o menos decenios de estar en ellos, pues parece que hayamos desarrollado una cierta capacidad estoica de ir analizando lo mal que vamos desde siempre (2). Los que representan partidos en esas reuniones suelen intentar echar al asunto un poco de euforia que resulta tan increíble que al público todavía le detiene más que el análisis pesimista de los sin partidos.

Sospecho que esta reunión de esta noche va a ser igual de deprimente que todas. Razón por la cual tengo cierto resentimiento contra el Centre [CTD] y contra mí mismo por habernos convocado aquí a sufrir durante un par de horas más de las varias que vamos sufriendo en estas reuniones.

Diréis, ¿por qué has venido, por qué he venido con esa convicción? Por modestia, porque tengo la esperanza de ver si me equivoco y llevan razón la comisión directiva del CTD cuando piensa que lo que hay que hacer es insistir mucho, hacer varias sesiones, seguir hablando de esto. A lo mejor es verdad, a lo mejor estas coordinadoras de angustias refuerzan una cierta voluntad de resistencia. Vamos a ver.

En todo caso, he venido a decir muy pocas palabras de entrada. Si hay discusión ya veremos si resulta más deprimente o más eufórica. Y algunas de las pocas palabras que quería decir además están ya dichas. Sobre todo las palabras de partida: el golpe, llegue o no a ser lo que Pep Subirós (3) acaba de llamar golpe blando logrado, por lo menos es evidente que refuerza la derechización del país. Como está a la vista de todo el mundo, no pienso haceros gastar un minuto más en ello.

Vale la pena recordar que en medio de esa derechización, los partidos de la izquierda parlamentaria se echan resueltamente a la derecha. La verdad es que no lo digo por interés en criticarlos, que a estas alturas es ya materia demasiado digerida. ¡Para qué vamos a ponernos ahora a criticar recientes tomas de posición! No vale la pena. Más interés tiene darse cuenta de la honrada convicción con que lo hacen. Por lo menos las declaraciones que yo he leído hasta ahora, a mí me dejan poca duda -ya me diréis si pensáis que me equivoco- acerca de que no se trata de oportunismo en un sentido trivial, sino de oportunismo en un sentido muy profundo, es decir, están completamente convencidos de que hacen lo que tienen que hacer al capitular integralmente, al presentar una capitulación total, no ya sólo acerca de lo que se ve – que lo que se ve es fundamentalmente el problema de las autonomías y el problema de los derechos individuales-, sino, recordarlo, sobre aquello de lo cual ya ni se habla, a saber, que los partidos de la izquierda parlamentaria eran partidos del cambio social, eran partidos en cuya tradición y en cuya ideología estaba inscrito el cambio social al que, normalmente, en épocas con menos pudor y con menos desastre, llamábamos “revolución”. Pero no voy a seguir poniéndome camp. Después de haber usado la palabra “revolución” por una vez, basta.

La gran convicción con que se echan a la derecha tiene mucho que ver, creo yo, no sólo con la situación nacional, nacional española, estatal quiero decir, sino también con la situación internacional, con el mundo de los Estados. Cuando uno dice, o cuando un dirigente de esos partidos, en este caso Santiago Carrillo (4) (como no lo menciono con ningunas ganas de ofender, sino simplemente de mencionar, no tengo por qué ocultar el nombre), cuando insiste en que no hay más política que la que él hace, hay que reconocer que está diciendo una cosa que, sea toda la verdad o parte de la verdad, es por lo menos demasiado impresionante, porque ninguno de nosotros sabríamos oponer -esto es verdad, como él insiste mucho- una política práctica, para realizar mañana, con implicaciones parlamentarias y en el ámbito de poderes centrales o territoriales, o que los englobara todos, distinta de la que hace. El problema es entonces qué ocurre con la tradición del cambio social, con la tradición revolucionaria de la izquierda social, que es el asunto al que me quería referir en estos pocos minutos en que voy a usar la palabra.

La verdad es que la primera impresión que uno tiene es que en estos momentos el cambio social está en manos de las fuerzas objetivas y subjetivas que dominan la crisis. Quiere decirse: empieza a dar la sensación, incluso a escala mundial y no sólo española, que quien está dominando el cambio social que se avecina son las viejas clases dominantes, en una recomposición interesante, en la que los ejércitos tienen mucha más importancia que antes, como lo sugiere la nueva política norteamericana, por ejemplo, o el hecho recientemente revelado de que contra lo que se creía también el ejército federal alemán tiene entre sus activos un despliegue nuclear ya hoy, a pesar de que oficialmente todavía es un ejército desnuclearizado, etc. Con esta novedad -de que la recomposición de las clases dominantes el factor militar juega un papel directo político que tal vez no jugaba hasta ahora-, se puede decir que es el viejo conjunto de clases dominantes el que está gestionando el cambio social que viene a través de la recomposición del capital fijo, de la división internacional del trabajo, de cosas como la gran ofensiva nuclear que estamos viviendo otra vez después de unos años en que estuvo en sordina para hacer frente a la resistencia popular, las otras revoluciones tecnológicas, el paso de industrias ligeras a la periferia imperial, en fin, todas estas cosas que no es cuestión de intentar detallar ahora sino que sería más propio de un análisis económico con detalle que yo no puedo hacer, pues digo que da la impresión de que el cambio social está integralmente en manos de estas fuerzas, fuerzas en sentido objetivo -esas nuevas características de recomposición de la división internacional del trabajo- y fuerzas en sentido subjetivo, es decir, las viejas clases dominantes con un nuevo ascenso de los ejércitos en ellas.

Entonces, en mi opinión, de esa perspectiva tan desfavorable hay que arrancar, de esa ambiente internacional y español hostil a las motivaciones de la izquierda social. Por lo tanto, hay que arrancar (…) partiendo de la convicción de que lo que nos espera es una larga travesía en el desierto. Seguramente me ayuda en eso la edad: ya no tengo pelos en la lengua y estaría dispuesto a decir que empieza a ser razonable pensar que la gente de la izquierda social de mi generación no vamos a ver ya un cambio positivo. Hasta ese punto creo que vale la pena convencerse al menos subjetivamente para estar preparados. Yo creo que la gente de mi edad, de aquí hasta su muerte, vamos a estar en esta situación de derrota, con mayores o menores cambios, y que es la gente más joven la que acaso pueda pensar en otra cosa. Pero para que la gente más joven pueda pensar en otra cosa me parece absolutamente necesario admitir, como dijo Lukács poco antes de morir por cierto, que hay que partir de como si estuviéramos en 1845 o 1846, y eso quiere decir muchas cosas negativas y también positivas. Hay que empezar por una autoafirmación moral. Saber que en medio de esta espantosa derrota material, de todos modos, lo que ofrecen quienes están rigiendo el cambio social en estos momentos, no es más que la exacerbación de los horrores que estamos viendo, la exacerbación del hambre en el tercer mundo, del desarrollo de tecnologías destructoras del planeta, etc, sin olvidar el punto del etcétera que más importa, a saber, la amenaza de Guerra (5).

Los únicos valores positivos siguen estando donde estaban, en esa izquierda social por derrotada que esté. Desde esos valores hay que volver a empezar otra vez como si hubiéramos perdido, que de hecho la hemos perdido -disculparme la brutalidad de viejo con la que he decidido hablar esta noche aunque sea brevemente-, como hemos perdido lo que empezó en 1848. Si se tiene en cuenta que el único lugar donde hay en estos momentos en Europa un movimiento obrero importante es Polonia, está dicho todo (6). El único movimiento obrero importante del continente en estos momentos es un movimiento que se levanta contra las versiones tópicas, triviales, de lo que empezó en 1848 como una esperanza. Reconocer este hecho con los dos ojos es darse cuenta de dónde hay que empezar.

El lado positivo de todo esto sería que, si hay que empezar como en 1847, entonces habría que empezar como si no estuviéramos divididos en las distintas corrientes del movimiento de renovacion social, como si todos fuéramos socialistas, comunistas y anarquistas, sin prejuicios entre nosotros, volviendo a empezar de nuevo, a replantearnos cómo son las cosas, en qué puede consistir ahora el cambio, y, sobre todo, al servicio de qué valores, admitiendo de una vez que lo que hay en medio lo hemos perdido.

De aquí me saldría -si me permitís dar un último salto de un minuto a la actualidad inmediata- una receta, efectivamente, aunque sea vergonzoso usar la palabra “receta”, pero es así, me saldría la receta siguiente: qué podemos hacer ahora y aquí en un plano que no sea sólo sea el fundamental al que me acabo de referir de la reafirmación moral y cultural (la palabra “cultural” la ha usado varias veces, con intención que yo comparto, Pep Subirós), pues qué podemos hacer además. Creo que lo primero que podemos hacer es pedir urgentemente a los partidos de la izquierda social extraparlamentaria que se fusionen, que se dejen de historias, de que si unos son trotskistas y otros son lo que sean, y que intenten incluso la fusión también con las juventudes libertarias, que se acabe la historia de los grupúsculos y volvamos a empezar desde antes del 48, a ver qué conseguimos hacer. Y si eso no pasa, entonces habrá que decir que la única posibilidad política de apoyo, de refuerzo, de la lucha cultural y moral, sería hacer entrismo, por decirlo con la vieja palabra trotskista, volver otra vez todos a las grandes organizaciones de masa, con un sano escepticismo pero con mucha pasión, para intentar desde ellas algún cambio (7).

Lo fundamental de todos modos, repito, es saber, para no entrar en desesperaciones fuera de lugar, que, como digo, aunque el cambio previsible esté en manos de las clases dominantes existentes hasta ahora, ellas no ofrecen ningún nuevo valor, los valores serios para una convivencia social, humana, moral, siguen estando en la izquierda. De ese arranque de rearme moral creo yo que hay que partir sin que ello quiera decir que desprecie la receta que he dicho antes, de urgir a las fuerzas que existen en la izquierda social a que se fusionen, a que den pie, a que intenten apoyar orgánicamente el renacimiento del movimiento.

Coloquio (8):

Muy lejos de mi el meterme a maestro ciruela. Quiero decir, yo no comparto el capricho, muy frecuente entre intelectuales, de considerar que lo bueno es no estar en un partido. Todo lo contrario. Yo siempre he considerado que es una desgracia.

También me parecen muy impertinentes y no apecio nada la gente que se levanta desde fuera de los partidos a darles consejos.

En cambio… Perdón, todavía más reconocimientos. Creo que llevas mucha razón cuando dices que la fusión del PTE y ORT (9) ha sido para restar en vez de para sumar. Sin duda. Lo que yo quiero decir expresándolo como un deseo, y sin la petulancia y la impertinencia de que sea un consejo, era una receta. Algo para tener a la vista y que se podría hacer es que probablemente una de las tareas más fecundas de los partidos extraparlamentarios en estos momentos -extraparlamentarios o también sectores que sean verdaderamente revolucionarios de partidos parlamentarios, lo mismo me da, en este momento no quiero hacer ninguna división sectaria-, pues yo creo que una de las tareas más importantes sería preparar el terreno para un tipo de unidad que partiera de la base de una gran seguridad cultural, o moral, como lo queráis decir, a través de la cual se superara el sentimiento de inferioridad, al que también se refería Pep Subirós, el sentimiento de inferioridad producido por la larga derrota a la que tú también te has referido, que recuperando entonces una moral alta sobre la base de una recuperación, de una nueva toma de conciencia, de la calidad cultural y de la propuesta de futuro que subyace desde siempre en la izquierda social, buscara una nueva forma de unión, no una fusión entre partidos, con las características tradicionales.

Es muy posible que vosotros, los del MC -en alguna época por lo menos, no sé si ahora-, hayáis estado, visto desde fuera, particularmente bien situados para eso, porque no os ataban ninguna de las grandes tradiciones que pueden determinar patriotismos de partido en el resto de la izquierda marxista. Las franjas revolucionarias del PSUC o del PCE están más o menos vinculados psicológicamente por la herencia de la III Internacional, los camaradas de LCR por la tendencia de la IV. Vosotros tenías una posición ligeramente protagonista y por eso no te negaré que al verte aquí me ha parecido que más seguro todavía que iba a decir el asunto, pero no con ningún ánimo de impertinente consejo, sino como reconocimento o expresión de la convicción de que algo nuevo hay que hacer, si me permitís hablar así de vagamente. 

Notas:

(1) Víctor Ríos no sólo ha sido coordinador de la presidencia de Izquierda Unida sino que, en aquellos años, era, sin duda, cuerpo y alma, entre otros cuerpos almados, del Centre de Treball i Documentació, centro todavía existente y de indudable valor para los movimientos alternativos (y afines). Se puede ser socio del mismo con relativa facilidad.

(2) Sacristán fue, como es sabido, dirigente del PSUC y del PCE, desde 1956 hasta 1970, siendo miembro del comité ejecutivo del PSUC entre 1965 y 1970. Pasó a ser militante de base del PSUC a partir de su dimisión de los cargos de dirección y permaneció en tal situación hasta 1977 o 1978. En las primeras elecciones legislativas, pidió públicamente el voto para el PSUC-PCE y en las primeras elecciones al Parlament de Catalunya, su apoyo fue para la candidatura de “Unitat pel socialisme”, formada por grupos de la izquierda revolucionaria de aquellos años (MCC, LCR…)

(3) Pep Subirós era, en aquel entonces, dirigente de la OIC (Organización de Izquierda Comunista), una de las numerosas siglas situadas a la izquierda del PSUC-PCE.

(4) Santiago Carrillo, como es sabido, era en aquellos años Secretario General (indudablemente, con germánicas mayúsculas) del PCE y, además, como él mismo y numerosos historiadores y políticos de la época no se han cansado de repetir, uno de los artífices de la “transición política española”.

(5) Sacristán se refiere en este paso a la posiblidad, nada teórica ni especulativa en aquellos momentos, de una guerra nuclear limitada o no al ámbito europeo. El olvidable actor e inolvidable presidente de la década de los ochenta Ronald Reagan habia hecho declaraciones en este sentido por aquellas fechas.

(6) Sacristán se refiere al movimiento Solidarnosc, dirigido en aquellos años de forma carismática y, tal vez, ya autoritaria, por el que fuera, posteriormente, presidente de Polonia, el inefable Lech Walesa.

(7) Aunque no lo parezca, así lo interpreto, Sacristán se está refiriendo a hacer entrismo en el PCE.

(8) En el coloquio, Ignasi Alvarez Dorronsoro, dirigente por aquel entonces del Moviment Comunista de Catalunya (MCC), intervino para reflexionar sobre lo tratado y para señalar a Sacristán que la tarea era de todos, no sólo de las fuerzas o partidos políticos, sino de intelectuales como él y de grupos como los que podía representar el colectivo de mientras tanto. Lo que viene a continuación es la respuesta de Sacristán a esta intervención.

(9) PTE y ORT, Partido del trabajo de España y Organización Revolucionaria deTrabajadores, eran dos de los numerosos partidos de la izquierda marxista de la época. Su fusión, después de encendidos debates, no dio los resultados esperados ni fue, desde luego, la mejor de las concebibles.

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Este artículo tiene 2 comentarios.

  1. roigesfera
    23 feb 12 12:24

    Manuel Sacristán sobre el 23-F http://t.co/S5Pg0Hj6

  2. alberto_lm
    23 feb 12 12:46

    [blog] Manuel Sacristán en marzo de 1981 sobre el #23F (y la izquierda) http://t.co/0DlnxA0X

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