Hay tres tipos de capitalistas (o de personas pro-capitalismo): los que intentan que el sistema no genere contradicciones (capitalista con corazón o con remordimientos), los que no lo intentan pero lo simulan (capitalista clásico o cerdo-capitalista) y los que se lo creen (trabajador común entre crisis). Crean lo que crean e intenten lo que intenten, la contradicción en el sistema viene de fábrica, y mientras haya contradicción habrá conflicto.

Las reciente explosión de violencia en Inglaterra no es más que una repetición de la secuencia que se acentua en tiempos de crisis. Lo sorprendente es la ceguera o el cinismo de aquellos que, siendo verdugos, se hacen pasar por víctimas acusando a esos jóvenes ingleses de criminales descerebrados. Y es que hay que tapar las vergüenzas, la pobreza y la desesperación de los que se han quedado fuera del sistema. De nuevo ninguno de estos personajes plantea si la solución no será mejorar las condiciones de vida de los habitantes de esos barrios.

Para contextualizar este tipo de conflictos es interesante este texto de Manuel Delgado, de nuevo del libro “La ciudad mentirosa”:

Esa tendencia de los polígonos de viviendas a resultar escenarios de conflictos se ha mantenido en toda Europa, como lo demuestra el hecho de que vengan conociendo periódicamente estallidos de aquello que hemos visto que los medios de comunicación tildan de “violencias urbanas”. Se trata de auténticas revueltas protagonizadas por sectores insumisos de la población, sobre todo por jóvenes hijos de la antigua clase obrera -lo que es lo mismo en casi todos sitios que decir de la inmigración o las repatriaciones poscoloniales-, que se rebelan contra la postración a que se les ha abocado. En estos casos, la liquidación del sindicalismo de clase tradicional y su desplazamiento de la fábrica al barrio se ha visto sustituida por una creciente miserabilización de determinados polígonos de viviendas, cuya población se ha visto victimizada por el paro y la precariedad laboral o por el desguace de las políticas sociales de lo que un día fuera o quisiera haber sido el Estado del bienestar, y ello en todas sus variantes: escolarización, atención sanitaria, servicios sociales y, sobre todo, crisis absoluta del alojamiento social. El tono despiadado que ha tomado la desindustralización y la revisión liberal del Estado-providencia se ha traducido en un fuerte aumento del malestar, sobre todo entre una masa de jóvenes a los que se les ha escamoteado literalmente el futuro y que han aprovechado la mínima oportunidad para expresar radicalmente su frustación.

Es ése momento en que la agitación en determinadas grandes concentraciones de viviendas abandona sus argumentaciones político-sindicales para desplazarse a un campo difuso de apariencia anómica, que recuerda las revueltas “sin ideas” en la Europa preindustrial o los levantamientos que protagonizan sectores del subproletariado urbano a lo largo del siglo XIX. Se trata ahora de estallidos de odio contra las instituciones y su policia, motines que -como consecuencia de la creciente etnificación de la miseria y la marginación urbanas- han podido tomar eventualmente el aspecto de “raciales”, “étnicos” o -en un último periodo y por la imagen oficial, mediática y popularmente propiciada acerca del Islam- incluso religiosos. Los medios de comunicación pueden entonces mostrar a una nebulosa turba de jóvenes airados, previamente mostrados una y otra vez como asociados a la delincuencia, la drogadicción o al fundamentalismo islamista, abandonarse al pillaje de establecimientos, al incendio masivo de automóviles y a los enfrentamientos con la policia.

Los ejemplos son numerosos desde finales de la década de los setenta hasta ahora mismo: en los barrios londinenses de Tottenham o Brixton, en octubre de 1985; en Bristol, en octubre de 1992; en el 2001, en Liverpool, en mayo; en Stoke-on-Trent, en julio, y en Oldham -cerca de Manchester-, Brixton de nuevo y Leeds, en octubre; en los barrios de Forest y Saint Gilles, en Bruselas, en mayo de 1991, y en el barrio del General Eisenhower, en Amberes, en octubre de 2002. En Francia, esa conflictivización violenta ha devenido crónica y son cíclicos los motines urbanos, algunos de gran virulencia, en una tradición que arrancaría acaso en el motín de Vaulx-en-Velin, un suburbio de Lyon, en 1979, y que iría repitiendo casi de manera regular sus manifestaciones: en el barrio de Les Minguettes, en Vénissieux, cerca de la misma ciudad, en el verano de 1981, y después en 1985; en Reims, en noviembre de 1982: en 1990, en Vaulx; en 1991, en Le Val Fourré, en París; en 1993 y 1997 en Dammarie-lès-Lys, también en París; en Dammarie, en 1997; en Tolousse, en diciembre de 1998, y más tarde en diciembre de 1999, para alcanzar su máxima expresión en la extraordinaria oleada de descontento que conocieron los llamados “barrios difíciles” de casi todas las ciudades francesas -París, Burdeos, Estrasburgo, Lyon, Rennes, Amiens, Rouen, Niza, Dijon, Perpiñán, Orleans…- a lo largo de varias jornadas en el otoño de 2005 y que sólo se pudo atajar con la declaración del estado de emergencia en todo el país y el toque de queda en diversos barrios.

Como se recordará, todo arrancó con la muerte de dos adolescentes seguidos por la policía en Clichy.sous-Bois, en Seine-Saint Denis, cerca de París. A partir del 8 de noviembre, los disturbios prendieron por los barrios periféricos de diferentes ciudades francesas a lo largo de varias semanas y conllevaron centenares de heridos y detenidos, la destrucción de todo tipo de instalaciones públicas, comercios y edificios religiosos, la quema de miles de coches… De hecho, se repetía la misma lógica que ya habían conocido todas las otras explosiones de ira popular en ciudades europeas, cuyo origen fueron casi siempre brutalidades y arbitrariedades policiales, desencadenante que es común también a los disturbios raciales en Estados Unidos, como se vio en Miami en 1980 y 1989, o en Cincinnati, en abril de 2004. El caso más parecido ocurrido en España correspondería al de los enfrentamientos entre vecinos y policías en el barrio sevillano de Los Pajaritos, en agosto de 2002, como consecuencia de la muerte de un joven delincuente por la Policia Nacional.

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Actualización (13/08/11): os dejo aquí otro excelente texto de Miquel Amorós, sobre las revueltas de 2005 en Francia, perfectamente aplicable a las de Inglaterra: La cólera del suburbio.

Actualización (13/08/11): aquí va un mapa que superpone las revueltas en Londres con el nivel de pobreza de los barrios: Mapping the riots with poverty

 

Hay un escamoteamiento más doloroso que todos los otros, que afecta a los magníficos nuevos espacios de la Barcelona reformada con motivo del Fórum Universal de las Culturas. Más imperdonable que el olvido de aquellos que vivieron allí es el de aquellos que encontraron en aquel lugar una muerte trágica e injusta. En lo que acabaron siendo los territorios del Fórum, a la sombra de los hoteles del lujo, de los centros de convenciones, de los edificiones de alto standing de Diagonal Mar, de su centro comercial, allí donde estaba prevista la presencia de miles de visitantes que practicarían una urbanidad sosegada y previsible, allí se levantaba un siniestro parapeto del que algunos todavía pueden acordarse. Contra aquella pared, en el Camp de la Bota, un número difícil de calcular de personas -oficialmente 1.704- fueron fusiladas a lo largo de la década de los cuarenta y hasta el Congreso Eucarístico de 1952. Nadie pensó en ellas a la hora de elaborar los planos, los proyectos, las maquetas, los folletos de promoción, las campañas publicitarias. El monumento que se había erigido en memoria de los ejecutados no figuraba indicado en ninguna de las guías del recinto que recibían los visitantes del Fórum. Como si no estuviera. La única excepción a este olvido fue un muro que Josep Lluís Mateo levantó en el flanco norte de su Palau de Congressos, una pared picada que evoca los impactos de bala de aquel otro muro que allí mismo había sido escenario de una mortificación humana practicada sistemáticamente y en masa. Es probable que las nuevas funciones previstas para el castillo de Montjuïc o lo que venga a ocupar el solar que deje la Cárcel Modelo tampoco tengan previsto evocar que aquéllos fueron también sitios de ignominia, de martirio y de ajusticiamientos de luchadores por una democracia bien diferente de aquella que ahora se supone que disfrutamos.

¿Qué hay que recordar? ¿Qué conviene olvidar? ¿Qué interesa tener presente? ¿Y para qué? ¿No es mejor proclamar a gritos -sin decirlo- que el parapeto no existió, que los centenares de no fusilados allí nunca no fueron fusilados? Porque nadie fue fusilado allí ni en ningún sitio, nadie fue perseguido en esta tranquila ciudad que abría sus puertas al abrazo cósmico entre culturas. Aquí nadie fue torturado, nadie murió acribillado, porque no hubo ninguna guerra, ni ninguna posguerra, ni barracas, ni miserables, y todavía menos muros de fusilamiento. Antes del Fórum no había nada. Un espacio vacío y virginal que esperaba ansioso la llegada de los arquitectos y los publicistas, impaciente por ser rescatado de la nada.

Se han hecho muchos análisis para explicar el fracaso del Fórum 2004, aquel acontecimiento que iba a cambiar el mundo -prometía la publicidad- y al que acudirían millones de personas. Sin embargo, es difícil no sospechar que aquel espacio desolado y desolador que fue el recinto del Fórum durante casi toda su celebración no resultara víctima de una maldición. Como si los muertos en el Camp de la Bota hicieran pagar el pecado imperdonable de su ostracismo. Porque ellos continuaban allí. Sus cuerpos nunca fueron retirados; seguían amontonados el uno sobre el otro, en una pila inmensa que nadie veía, pero que allí estaba. El mal olor que no se consiguió disimular y que los visitantes al Fórum tenían que sufrir no procedía de la depuradora sobre la que se extendía su vacía grandilocuencia. La peste provenía de los cuerpos putrefactos de muertos que se negaban a marcharse. Quizás un día, al amanecer, a la hora de los ajusticiamientos, los espectros de los ejecutados despierten para ajustarle las cuentas a la ciudad que se atrevió a negarles, a ellos y a la deuda que con ellos tenía contraída y que nunca les podrá pagar. Los visitantes del Fórum no sabían que caminaban entre fantasmas que los odiaban, porque odiaban -con razón- el olvido a que se les condenaba.

(Manuel Delgado, “La ciudad mentirosa”)

La memoria oficial y la memoria mercantil significan, en realidad, una amnesia total, o mejor, la voluntad de camuflar aspectos inconvenientes o molestos del pasado real de la ciudad. Las políticas publicitarias sobre Barcelona llevan años proclamando la mediterraneidad de la ciudad mostrando como un éxito “la recuperación” de su litoral marítimo. Barcelona -se ha repetido- ha vivido demasiado tiempo “de espaldas” a su realidad mediterránea y era urgente “abrirla al mar”. Curiosa afirmación, que supone olvidar que la ciudad había tenido barrios pescadores hasta hacía poco, empezando por la Barceloneta, pero incluyendo también esa trastienda ignorada que se extiende al otro lado de Montjuïc y que fue la Marina de Sants, con barrios marítimos como Mare de Deu de Port y -antes de convertirse en un barrio de barracas-  de  Can Tunis, después absorbidos, en los años sesenta, por la ampliación del puerto y el establecimiento de la Zona Franca.

Supone igualmente -y eso acaso es más grave- olvidar que, durante décadas, miles de personas vivieron literalmente en la playa, en los grandes asentamientos de chabolas del Somorrostre, el Bogatell, el Camp de la Bota, la Mar Bella, el Pekín. Pero esta subciudad de chabolas no existió nunca o aquellos que en ella vivieron no hace tanto por lo visto no eran auténticos barceloneses. Por otra parte, esta debilidad a la hora de exaltar los valores marítimos no ha sido inconveniente para eliminar los entrañables chiringuitos de la Barceloneta. O para que la zona comercial del Hotel Arts, a la sombra de la gran escultura en forma de pez de Frank Gehry, devorara una buena parte del Passeig Marítim. O para que los hoteles y viviendas de alto standing y los hoteles de Diagonal Mar acabaran levantando entre la ciudad y la playa una muralla mucho peor que la que supusieron en otra época las abominadas vías del tren. Por no hablar de las catastróficas consecuencias de las obras del Fórum 2004 sobre el litoral barcelonés, de dudosa legalidad a la luz de la ley de costas y denunciadas en su momento por Greenpeace por sus efectos sobre el medio ambiente. ¿Son muestras de “recuperación del mar” agresiones directas contar el horizonte como el Imax Port Vell, el World Trade Center -ese apoteosis del quiero y no puedo que está saturado el “modelo Barcelona”-, que amputa la desembocadura visual de La Rambla, o el nuevo edificio de Catalana de Gas, que literalmente tapona la perspectiva desde el paseo de Sant Joan y el Arc de Triomf?

Se prohíbe que los vecinos tiendan la ropa en unos balcones que muchas de las nuevas edificaciones ya ni prevén. Se intenta como sea librarse o fingir los Encants de la Plaça de Glòries. La reforma del puerto ha sentenciado un rincón tan cargado de evocaciones como era la Escollera, su rompeolas, al tiempo que autorizaba una ampulosidad retórica de Bofill: el Hotel Vela. En el Turó Park, la zona verde diseñada en 1933 por Rubió i Tuduri, en noviembre de 2003 se talaron dos de sus tres tilos centenarios. El Carrer d’En Carbassa, una maravilla del siglo XVII, aparece amenazada por intervenciones arquitectónicas que plantean cambiar aspectos fundamentales de su volumetría. El inventario de las destrucciones o los abandonos patrimoniales es enorme, y lo conformarían todos aquellos que, en las antípodas de los lugares de memoria, haríamos bien en designar como auténticos lugares de olvido. (*)

Desaparece en nombre de la uniformización moral, política y estética de Barcelona todo aquello que estimuló la imaginación literaria de Orwell [Homenaje a Cataluña], de Pierre Mac Orlan, de Malraux, de Kessel, de Eduardo Mendoza [La ciudad de los prodigios], de Henry Miller, de Francis Carco, de Italo Calvino, de Carmen Laforet, de Jean Genêt, de André Pieyre de Mandiargues [La Marge], de Luis Goytisolo [Recuento], de Vassilis Alexakis… De Vázquez Montalbán [El Pianista y todo el ciclo de Pepe Carvalho], que había llorado sobre los escombros del Céntrico y que percibió este proceso con una lucidez especial: “[Barcelona] destruye su arqueología de la lucha de clases, dispersa sus barrios residenciales o los pinta de yuppi, derriba sus carnes marginales y las expulsa hacia la periferia, fumiga su mezquindad hasta convertirla en fantasmas risibles que vagan por laberintos destapados por bulldozers… Yo no sé quien hará en el futuro literatura de esta ciudad de yuppis, dividida entre pensadores de la nada y del poco y habitada por empleados transitorios y ricos fastfood”. Comentando la inauguración de la nueva sede de Edicions 62, en el Carrer Peu de la Creu, justamente donde antes se levantaba el cine Céntrico, Vázquez Montalbán recordaba que aquello estaba “a pocas manzanas donde asesinaron al Noi del Sucre o de donde un panadero que dormía más que vivía en mi calle sorprendió a su mujer follando con un pulidor de metales”.

(Manuel Delgado, “La ciudad mentirosa”)

(*) Cabe especificar que esta idea de lugar del olvido no es original. Se adopta aquí la de Jonathan Boyarin que la utiliza para referirse a la ocultación del barrio pobre de Lower East Side, a favor de la exaltación de Brooklyn, con el propósito de construir una memoria étnica urbana “pertinente” de los judíos de Nueva York (“Un lieu de l’oubli: el Lower East Side dels Juifs, Communications, 49)

Esta semana la dedicaré a publicar en el blog algunos fragmentos del capítulo “El espacio público como crisis de significado” del libro La Ciudad Mentirosa de Manuel Delgado. Concretamente fragmentos del apartado “Lugares de olvido“, un recorrido por algunos de los lugares cuya memoria se intenta enterrar, en ocasiones interesadamente, por parte de políticos y urbanistas.

Se ha denunciado que iniciativas como la urbanización de la zona de Glòries, el Distrito 22@ de Poble Nou o la embocadura marítima de la Diagonal no dialogaban con la memoria del lugar y eran ejemplos de una arquitectura casi autista. No era ésta una característica de los nuevos aires que dominaron las políticas urbanísticas en Barcelona [...]. Es verdad que el edificio Fórum de Herzog y De Meuron o la Torre Agbar de Nouvel son implantaciones extrañas en el tejido urbano en que se instauran, pero no lo fueron menos el Auditori de Moneo o el Teatro Nacional de Bofill. Es destacable la crítica que señala el centro comercial de La Maquinista, en Sant Andreu, como un ejemplo de amnesia consumista, puesto que no se rinde el justo homenaje a lo que había sido la factoria metalúrgica de ese nombre que ocupó durante décadas su terreno. En cambio, se ha mantenido el nombre del lugar, cosa que no ha pasado con Glòries Center, una obra de y para el 92, donde se ha mantenido la fachada, pero nada -ni el nombre- evoca que allí había estado la Hispano-Olivetti. Al mismo tiempo, hemos visto organizar un auténtico culto a los maestros del modernismo de cara al turismo -Quadrat d’Or, Año Gaudí-, a la vez que magníficos exponentes del movimiento han sido destruídos.

El caso de Can Buxeras, suprimida por la apertura de la Rambla del Raval, es un caso, pero hay un puñado de otros no menos escandalosos. La apertura de la manzana Sant Ramon ha implicado la destrucción del conjunto histórico de Can Gelabert, de los siglos XVIII y XIX, también en Ciutat Vella. La de la Illa Robadors implicó la destrucción de la casa Josep Botey y de la casa Josep Ticò, también de notable valor []. El descubrimiento de los restos del barrio de la Ribera que las tropas borbónicas habían obligado a destruir a sus propios habitantes suscitó una extraordinaria polémica sobre cuál debía ser su destino y el grado de su enaltecimiento. En cambio, al mismo tiempo, un número indeterminado de yacimientos arqueológicos antiguos o medievales fue destruído por la construcción de parkings en el centro histórico Un conjunto del siglo XIX tan interesante como el de la barriada del Taulat en el Poble Nou ha caído bajo el ampuje del 22@. La ampliación del Museo Picaso, en el Carrer Montcada, afectó a diversos palacios góticos e hizo irreconocible la primera ampliación ortogonal de Barcelona en el siglo XII, así como la ampliación del Museo de la Ciencia ha “obligado” a La Caixa a destruir los restos de lo que había sido la Nova Betlem, un manicomio emblemático de la historia de la psiquiatría hospitalaria europea de finales del XIX.

Enganchadísimo a este libro, muy instructivo para los que nacimos (casi) con “las rondas puestas”:

Barcelona es hoy, como tantas veces antes, una ciudad asediada. Quienes quisieran verla sometida no son ya ejércitos enemigos, ni regímenes políticos que detestan su amor por la vida o su capacidad para generar y albergar mundos, y mucho menos sus cíclicos estallidos de insolencia colectiva. Quien ansía ocupar Barcelona y avasallarla es, hoy, un capitalismo financiero internacional que ha descubierto en el territorio una fuente de enriquecimiento y que aspira a convertir la capital catalana en un artículo de consumo con una sociedad humana dentro. Por supuesto, ése es un fenómeno que afecta a otras muchas ciudades del mundo, todas ellas objeto de recalificaciones masivas al servicio de los intereses de las grandes multinacionales multinacionales; todas ellas víctimas de la codicia de un sistema de mundo al que no le importa deformarlas hasta convertirlas en su propia caricatura o parodia; todas ellas convertidas en grandes máquinas de excluir y expulsar a cualquier habitante o forastero considerado insolvente…

Eso no sería lo que haría singular a Barcelona, en ese contexto general de grandes procesos de transformación urbana en clave gerencial que vemos repetirse aquí y allá de manera parecida. Barcelona forma parte de esa ciudad postindustrial sobre la que tanto se ha escrito y sobre la que apenas hay nada nuevo que decir. Lo que hace sobresalir el caso de Barcelona es la manera en que esas dinámicas globalizadoras han alcanzado el mayor refinamiento en lo que se da en llamar “presentación del producto”, consecuencia de un cuidado extraordinario en la puesta en escena de una falsa victoria sobre las patologías urbanas y una engañosa eficacia a la hora de vender -literalmente y a lo largo y ancho del planeta- la imagen de una ciudad paradigma de todos los éxitos concebibles, pero de una ciudad que no existe, ni ha existido nunca, que sólo es esa imagen que de ella vende, un mero decorado, una vitrina, un espejismo tras el que lo que se agitan no son otras muy distintas de las que las políticas de promoción y las campañas publicitarias muestran.

(Extracto de la introducción de La ciudad mentirosa. Fraude y miseria del “modelo Barcelona” de Manuel Delgado)

Cepo estas prujno
fermata kaj malriĉa.
Prujno de viaj tagoj
kaj de miaj noktoj.
Malsato kaj cepo,
nigra glacio kaj prujno
granda kaj ronda.

En la lulilo de malsato
mia infano estis.
Per sango de cepo
li mamnutris sin.
Sed via sango
prujna per sukero,
cepo kaj malsato.

Bruna virino
decida en luno,
disverŝas sin
fadeno post fadeno
sur la lulilon.
Ekridu, infano,
ĉar mi alportas al vi la lunon
kiam tio taŭĝas.

Alaŭdo de mia hejmo,
ridu multe.
Estas via rido sur viaj okuloj
lumo de la mondo.
Ridu tiom,
ke mia animo aŭdante vin
ekbatu la spacon.

Via rido faras min libera,
metas sur mi flugilojn.
Ĝi solecojn deprenas de mi,
malliberejon el mi eltiras.
Buŝo kiu flugas,
koro kiu sur viaj lipoj
ekfulmas.

Estas via rido la glavo
plej triumfanta,
venkisto de la floroj
kaj la alaŭdoj.
Konkuranto de la suno.
Estonteco de miaj ostoj
kaj de mia amo.

La karno dezirante flugi,
subita la palpebro,
la vivado pli ol iam ajn
kolora.
Kiom da kardeloj
deflugas, movante siajn flugilojn,
de via korpo!

Mi vekiĝis pri esti infano:
neniam vekiĝu.
Trista estas mia buŝo:
ridu ĉiam.
Ĉiam en la lulilo,
defendante la ridon
plumo post plumo.

Estaĵo de flugado tiel alta,
tiel vasta,
ke via karno estas la ĉielo
ĵus naskiĝinta.
Se mi povus alflugi al la komenco
de via kurado!

La okan monaton vi ridas
per kvin oranĝofloroj.
Per kvin etaj
krueloj.
Per kvin dentoj
kiel kvin jasmenoj
junaj.

Limo de la kisoj
ili estos morgaŭ,
kiam en via dentaro
vi sentos armilo.
Vi sentos fajro
kuri malsupren
serĉante la centron.

Flugu, infano, sur la duobla
luno de la brusto:
ĝi trista pro cepo,
vi sata.
Ne falu.
Ne sciu pri kio okazas.

Dankon, Fátima

Acabados los exámenes y gracias a una preciosa jornada reducida, tengo un mes de tardes libres y peligro de procrastinación. Para evitarlo he elaborado una lista de cosas que quiero hacer durante este oasis temporal. Comparto las literarias por el interés de la humanidad:

¿Qué es la propiedad?, de Proudhon, lo compré hace un año en una librería de la CNT y ya empezaba a acumular polvo. Recientemente tuve un debate con una amiga sobre la legitimidad de las okupaciones. Aunque -o debido a que- es abogada, la primera hora la dedicó a torpedear el colectivo okupa con los clásicos “son hijos de papá -y de eso viven-”, “no todo son casas abandonadas”, y alguna novedad: “si los demás tenemos que pagar una hipoteca de 40 años, que la paguen ellos también”. La propiedad es para mucha gente lo que la resurrección de Cristo para los cristianos: el axioma. Creo que no hay que estudiar filosofía para entender que el concepto de propiedad es un concepto “social”, “a posteriori”, pero cuando nueve de cada diez personas piensa lo contrario, es momento de sacar el arsenal. Doscientas páginas de disección de uno de los conceptos más interiorizados por los hombres de todos los tiempos con una conclusión ya anticipada en la primera página: “la propiedad es un robo”.

GEB:EGB (o Gödel Escher Bach: un Eterno y Grácil Bucle) es un tocho de mil páginas imposible de describir en una frase. Se supone que el autor quiso hacer una alegoría sobre el Teorema de Incompletitud de Gödel -el matemático- y se acabó enredando con Escher -el pintor- y Bach -el músico- por sus paralelismos. Digamos que intenta explicar las consecuencias del Teorema de Godel en el pensamiento humano, entendiendo el pensamiento como un sistema de reglas, y por lo tanto sometible a las limitaciones de Godel. Trata de responder a preguntas como “¿puede uno pensarse a sí mismo?”, “¿puede el hombre diseñar un sistema que piense como él?” Se mueve entre la filosofía, la matemática, y el cerebro humano. No me atrevería a recomendarlo a alguien de letras. Lo empecé hace casi un año ahora lo vuelvo a retomar, pero voy a tener que repasar algunos capítulos antes de continuar. Es pobrable que sea el libro que mejor explique a Godel. Gratificante, pero duro.

Introducción a la filosofía política. Academic Earth es una web donde algunas universidades comparten sus clases. Entre esas clases está este curso de la Universidad de Yale -en inglés- donde hablan sobre las eternas preguntas de la filosofía política. Empiezan con el juicio de Sócrates y siguen por Platón, Aristóteles, Maquiavelo, Hobbes, Locke, Rousseau y Toqueville. Es aconsejable leer los textos en paralelo a las clases -como hacían los alumnos presenciales- La dicción del profesor es clarísima, así que aunque no hay subtítulos, se sigue muy bien. Una joya.

Dejar de pensar es un libro que hace una semana recomendaron por la rojosfera, escrito por Carlos F. Liria y Santiago Alba Rico (hijo de Lolo Rico, la creadora de La Bola de Cristal). Más que libro es un panfleto. Es corto y es de Liria, suficiente para ponerlo en cola.

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Este blog, como su nombre indica, pretende ser de política incluida la política baetulense. "La maldekstra kolono" en esperanto significa "La columna izquierda". Está claro que colono es columna y, por eliminación, maldektra es izquierda (dekstra es derecha, y en esperanto los antónimos se forman con el prefijo mal-). Decía que esto se llama "La columna izquierda", no "La columna derecha", así que si sacrilizas la propiedad privada, si defiendes los crucifijos en la escuela, si dices "perroflauta" con la boca torcida, si crees en las fronteras, en la militarización, y en todas esas mindongas que te han metido en la cabeza entonces, amigo, este blog no te va gustar.

El título del blog es en esperanto porque si un día tengo que utilizar una lengua internacional para un artículo que quiero que lean mis lectores en Pekín o en Pokón, utilizaré el esperanto (que puedes aprender, gratis y en un periquete, en webs como http://es.lernu.net). Y porque aceptar el status quo es morirse de asco.