Esta lucha contra la memoria popular encuentra su culminación en macrocentros comerciales que pretenden convertirse en escenarios para una especie de sucedáneo de vida ciudadana. Como el nombre de uno de ellos explícita -l’Illa Diagonal, diseñada por Rafael Moneo-, estos complejos pretenden crear auténticas islas, territorios claramente recordables de su entorno, en los que el visitante-consumidor puede encontrar maqueado un tipo de ciudad virtual, una escenificación del microcosmos urbano, con sus calles, plazas, cruces, bancos, establecimientos de fast-food, juegos para los niños, bares y cafés con sus terrazas en el exterior, cines multisala, por supuesto tiendas, etc., todo adobado con músicos y cómicos falsamente ambulantes distribuidos estratégicamente por la propia empresa administradora del lugar. En Barcelona tenemos un buen número de ejemplos de ello. Glòries Center de la espalda al Clot y se inauguró abriéndose a un espacio en blanco, sin edificaciones, a la espera de una urbanización de los alrededores que tardaría todavía más de una década en reiniciarse. Diagonal Mar existe negando que cerca de allí le acecha La Mina, el barrio marginal por antonomasia en el imaginario social dominante. Heron City es un parque de atracciones difuso que ignora deliberadamente la barriada de Sant Andreu que lo rodea. La mencionada Illa Diagonal espera que sus clientes  sean vomitados directamente de su parking subterráneo; se desentiende de Les Corts, el barrio que tiene detrás. Una franja de terreno de seguridad separa La Maquinista de Sant Andreu y La Sagrera y no sabe nada de su pasado de efervescencia industrial y de luchas obreras. Lo que está a punto de se el fan centro lúdico-comercial de Les Arenes a buen seguro que no dedicará ningún rincón a evocar que aquello fue el escenario de encuentros de masas fundamentales en la historia proletaria y rebelde de Barcelona.

Bien podríamos decir que esos entornos pseudourbanos se conforman como auténticas reservas naturales, en las que la especie protegida es la vieja cultura de las aceras, puestas al abrigo de las inclemencias del tiempo y del tráfico de vehículos, pero no menos de los mendigos, de las manifestaciones de protesta y de los disturbios, es decir, en resumidas cuentas, de la crónica tendencia al conflicto que experimenta el espacio público en cuanto se le deja de veras ser público, es decir, accesible a todos. Su funcionamiento no es distinto del de los modernos parques de atracciones temáticos, en el sentido que procuran una imagen falsificada de la vida urbana, puro decorado para una ciudad-farsa. Se pretende escenificar en ellos un espacio público tranquilizado, permanentemente vigilado por cámaras de vídeo y guardias jurados, donde los peatones, liberados de cualquier motivo de desasosiego, puedan abandonarse al paseo, al ocio y, por encima de todo, al consumo. Hay ejemplos especialmente patéticos de ello. La burda imitación del aire de los pasajes comerciales decimonónicos en Gran Via 2, en la Zona Franca, sería uno de ellos. Barcelona debe ser la única ciudad del mundo que, en una apoteosis difícilmente superable del reino del simulacro, puede presumir de tener un muelle donde nunca ha recalado ningún barco: el del Maremàgnum, que, en efecto, tuvo que instalar uno para justificar su declaración de zona portuaria y permitir que sus comercios abrieran los días festivos. (*)

(Manuel Delgado, “La ciudad mentirosa”)

(*) Magrinyà y Maza. “Tinglados de Bar-cel-ona”. Antes de empezar las obras de remodelado del litoral barcelonés, bien cerca de lo que sería la playa de la Mar Bella, en el Poble Nou, se pudieron apreciar restos de un navío que estaban esparcidos ofreciendo el cuadro de lo que había sido un naufragio o un embarrancament. Una quilla, un respirall, una parte del puente. Después, estos restos acabaron presidiendo una de las zonas ajardinadas del sector. Claro está que todo estaba dispuesto a fin de que se tuviera la percepción de que aquello era una de las pruebas del pasado marinero e incluso épico de aquella parte del litoral. En realidad era un fraude, la preparación tramposa de un escenario de cartón-piedra para la memoria de hechos que nunca había tenido lugar. La chatarra había sido trasladada deliberadamente desde el puerto y correspondía a un barco liberiano destinado al desguace.

Ciertos elementos del pasado fabril han merecido el indulto y han sido ensalzados a albergar centros administrativos o lugar de culto a la Cultura. Imitando la lógica de la armonización de os bienes eclesiásticos en otra época, algunas fábricas son ahora museos, centros de cultura, universidades, bibliotecas, centros sociales… Pero los defensores oficiales del patrimonio industrial, que ordenaban fetichizar algunos de sus aspectos convenientemente descontextualizados y redimidos de sus antiguas funciones, son los mismos que han sentenciado a muerte espacios industriales emblemáticos, como la Neufville, en Gràcia, o la fábrica noucentista de Myrurgia, en la Sagrada Familia. Los grandes depósitos de gas que dominaban el norte de la sierra de Collserola -los famosos “huevos de Porcioles“- fueron desmantelados a finales de 1991 en nombre de la preservación de un paisaje que poco después sería desfigurado por las nuevas cocheras de autobuses en Horta. Hay planes para adecuar -léase destruir- el entrañable comercio de venta e intercambio de libros y cromos de cada domingo por la mañana en el Mercat de Sant Antoni. Ni que decir tiene que resulta especialmente escandaloso el arrasamiento masivo de todo el paisaje industrial que se entendía a lo largo del litoral barceloné, para dar pie al nuevo skyline de la ciudad, con los nuevos barrios de clase media y alta, los hoteles de lujo y los edificios singulares para todo tipo de multinacionales: allí donde hubo cientos de fábricas y talleres, vemos levantarse la Villa Olímpica, Diagonal Mar o el 22@. Y las agresiones contra el patrimonio industrial de Barcelona, hechas en nombre de la desidia o la codicia, son mucho más numerosas y se extienden a diestro y siniestro de la ciudad.

Se han continuado erigiendo los lugares de la memoria oficial, mientras que las memorias menores y masivas de los ciudadanos han ido perdiendo sus auténticos puntos de referencia vivenciales [...]. De todas las cosas en que se hubiera podido convertir el abandonado edificio de TVE en Miramar, se ha escogido la opción de un hotel de lujo, del estilo del que se construirá en l’Illa Robadors, justo enfrente del punto donde murió asesinado Salvador Seguí, el Noi del Sucre, uno de los referentes morales del movimiento obrero catalán del siglo XX. Una paradoja no muy distinta de la que implica que se bautice con el nombre del líder del POUM Andreu Nin la plaza que hoy domina la sede de El Corte Inglés en Nou barris. El Sepu es ahora la sede de Nike; el café Canaletes es una hamburguesería de la cadena McDonald’s. Es cierto que otros lugares no menos emblemáticos habían ido desapareciendo y que todos los que hemos mencionado acaso debían correr más tarde o temprano la misma suerte, pero no todos, ni al mismo tiempo, ni de esta manera.

(Manuel Delgado, “La ciudad Mentirosa”)

Esta semana la dedicaré a publicar en el blog algunos fragmentos del capítulo “El espacio público como crisis de significado” del libro La Ciudad Mentirosa de Manuel Delgado. Concretamente fragmentos del apartado “Lugares de olvido“, un recorrido por algunos de los lugares cuya memoria se intenta enterrar, en ocasiones interesadamente, por parte de políticos y urbanistas.

Se ha denunciado que iniciativas como la urbanización de la zona de Glòries, el Distrito 22@ de Poble Nou o la embocadura marítima de la Diagonal no dialogaban con la memoria del lugar y eran ejemplos de una arquitectura casi autista. No era ésta una característica de los nuevos aires que dominaron las políticas urbanísticas en Barcelona [...]. Es verdad que el edificio Fórum de Herzog y De Meuron o la Torre Agbar de Nouvel son implantaciones extrañas en el tejido urbano en que se instauran, pero no lo fueron menos el Auditori de Moneo o el Teatro Nacional de Bofill. Es destacable la crítica que señala el centro comercial de La Maquinista, en Sant Andreu, como un ejemplo de amnesia consumista, puesto que no se rinde el justo homenaje a lo que había sido la factoria metalúrgica de ese nombre que ocupó durante décadas su terreno. En cambio, se ha mantenido el nombre del lugar, cosa que no ha pasado con Glòries Center, una obra de y para el 92, donde se ha mantenido la fachada, pero nada -ni el nombre- evoca que allí había estado la Hispano-Olivetti. Al mismo tiempo, hemos visto organizar un auténtico culto a los maestros del modernismo de cara al turismo -Quadrat d’Or, Año Gaudí-, a la vez que magníficos exponentes del movimiento han sido destruídos.

El caso de Can Buxeras, suprimida por la apertura de la Rambla del Raval, es un caso, pero hay un puñado de otros no menos escandalosos. La apertura de la manzana Sant Ramon ha implicado la destrucción del conjunto histórico de Can Gelabert, de los siglos XVIII y XIX, también en Ciutat Vella. La de la Illa Robadors implicó la destrucción de la casa Josep Botey y de la casa Josep Ticò, también de notable valor []. El descubrimiento de los restos del barrio de la Ribera que las tropas borbónicas habían obligado a destruir a sus propios habitantes suscitó una extraordinaria polémica sobre cuál debía ser su destino y el grado de su enaltecimiento. En cambio, al mismo tiempo, un número indeterminado de yacimientos arqueológicos antiguos o medievales fue destruído por la construcción de parkings en el centro histórico Un conjunto del siglo XIX tan interesante como el de la barriada del Taulat en el Poble Nou ha caído bajo el ampuje del 22@. La ampliación del Museo Picaso, en el Carrer Montcada, afectó a diversos palacios góticos e hizo irreconocible la primera ampliación ortogonal de Barcelona en el siglo XII, así como la ampliación del Museo de la Ciencia ha “obligado” a La Caixa a destruir los restos de lo que había sido la Nova Betlem, un manicomio emblemático de la historia de la psiquiatría hospitalaria europea de finales del XIX.

Enganchadísimo a este libro, muy instructivo para los que nacimos (casi) con “las rondas puestas”:

Barcelona es hoy, como tantas veces antes, una ciudad asediada. Quienes quisieran verla sometida no son ya ejércitos enemigos, ni regímenes políticos que detestan su amor por la vida o su capacidad para generar y albergar mundos, y mucho menos sus cíclicos estallidos de insolencia colectiva. Quien ansía ocupar Barcelona y avasallarla es, hoy, un capitalismo financiero internacional que ha descubierto en el territorio una fuente de enriquecimiento y que aspira a convertir la capital catalana en un artículo de consumo con una sociedad humana dentro. Por supuesto, ése es un fenómeno que afecta a otras muchas ciudades del mundo, todas ellas objeto de recalificaciones masivas al servicio de los intereses de las grandes multinacionales multinacionales; todas ellas víctimas de la codicia de un sistema de mundo al que no le importa deformarlas hasta convertirlas en su propia caricatura o parodia; todas ellas convertidas en grandes máquinas de excluir y expulsar a cualquier habitante o forastero considerado insolvente…

Eso no sería lo que haría singular a Barcelona, en ese contexto general de grandes procesos de transformación urbana en clave gerencial que vemos repetirse aquí y allá de manera parecida. Barcelona forma parte de esa ciudad postindustrial sobre la que tanto se ha escrito y sobre la que apenas hay nada nuevo que decir. Lo que hace sobresalir el caso de Barcelona es la manera en que esas dinámicas globalizadoras han alcanzado el mayor refinamiento en lo que se da en llamar “presentación del producto”, consecuencia de un cuidado extraordinario en la puesta en escena de una falsa victoria sobre las patologías urbanas y una engañosa eficacia a la hora de vender -literalmente y a lo largo y ancho del planeta- la imagen de una ciudad paradigma de todos los éxitos concebibles, pero de una ciudad que no existe, ni ha existido nunca, que sólo es esa imagen que de ella vende, un mero decorado, una vitrina, un espejismo tras el que lo que se agitan no son otras muy distintas de las que las políticas de promoción y las campañas publicitarias muestran.

(Extracto de la introducción de La ciudad mentirosa. Fraude y miseria del “modelo Barcelona” de Manuel Delgado)

Con el permiso del autor, copio el texto de Manuel Delgado sobre el movimiento 15 M que podéis encontrar en su blog aquí:

Todo el mundo parece interesado en esclarecer qué tipo de fenómeno se está produciendo estos días en las ciudades españolas, en plazas como estas, en las que personas como nosotros expresamos nuestro descontento ante la situación que padecemos. Me gustaría profundamente decir y creer que estamos ante un movimiento cuya característica principal, y la fuente de la inquietud que parece generar, tiene que ver con la dificultad a la hora de someterlo a una tipificación clara, resultado de su renuncia a los principios de identidad e identificación propios de un sistema que exige que sus interlocutores se presenten siempre como instancias orgánicas inconfundibles con las que se posible negociar. Un poco, si se me permite, a la manera de aquella canción de La Polla Records que seguro que muchos conocéis: “¡No somos nada! / ¡No somos nada! / Quieres identificarnos, tienes un problema”. Pero eso es lo que me gustaría pensar y decir, pero no estoy seguro de poder hacerlo sin sentir que estoy haciéndoos una concesión injusta, cuyo objetivo sería sólo el de obtener vuestro aplauso.

En realidad, lo que pienso –y temo– es que esta movilización se pueda homologar como un episodio más de lo que podríamos llamar el movimientismo ciudadanista. El ciudadanismo es la ideología que ha venido a administrar y atemperar los restos del izquierdismo de clase media, pero también de buena parte de lo que ha sobrevivido del movimiento obrero. El ciudadanismo se concreta en un conjunto de movimientos de reforma ética del capitalismo, que aspiran a aliviar sus efectos mediante una agudización de los valores democráticos abstractos y un aumento en las competencias estatales que la hagan posible, entendiendo de algún modo que la explotación, la exclusión y el abuso no son factores estructurantes, sino meros accidentes o contingencias de un sistema de dominación al que se cree posible mejorar moralmente. El ciudadanismo no impugna el capitalismo, sino sus “excesos” y su carencia de escrúpulos.

El ciudadanismo suele concretarse en movilizaciones masivas destinadas a denunciar determinadas situaciones consideradas injustas, pero sobre todo inmorales, y lo hace proponiendo estructuras de acción y organización lábiles, basadas en sentimientos colectivos mucho más que en ideas, con un énfasis especial en la dimensión performativa y con frecuencia “artística” o festiva. Prescindiendo de cualquier referencia a la clase social como criterio clasificatorio, remite en todo momento a un difusa ecumene de individuos a los que unen no sus intereses, sino sus juicios morales de condena o aprobación.

Los movimientos sociales ciudadanistas no dejan de ser revitalizaciones del viejo humanismo subjetivista, pero aportan como relativa novedad su predilección un circunstancialismo militante, ejercido por individuos o colectivos que se reúnen y actúan al servicio de causas muy concretas, en momentos puntuales y en escenarios específicos, renunciando a toda organicidad o estructuración duraderas, a toda adscripción doctrinal clara y a cualquier cosa que se parezca a un proyecto de transformación o emancipación social que vaya más allá de un vitalismo más bien borroso, acuerdo de heterogeneidades inconmensurables que, no obstante, asumen articulaciones cooperativas momentáneas en aras a la consecución de objetivos compartidos.

Esas formas de movilización prefieren modalidades no convencionales y espontáneas de activismo, protagonizadas por individuos conscientes y motivados, pero desafiliados, que viven la ilusión de que han podido escapar por unos momentos de sus raíces estructurales, desvinculados de las instituciones, que renuncian o reniegan de cualquier cosa que se parezca a un encuadramiento organizativo o doctrinal, que proceden y regresan luego a una especie de nada aestructuda y que se prestan por unos días u horas como elementos primarios de uniones volátiles, pero potentes, basadas en una mezcla efervescente de emoción, impaciencia y convicción, sin banderas, sin himnos, sin líderes, sin centro, movilizaciones alternativas sin alternativas que se fundan en principios abstractos de índole esencialmente moral y para las que la conceptualización de lo colectivo es complicada, cuando no imposible.

No sé si será casual que una de las figuras predilectas para ese individualismo comunitarista o de ese comunitarismo individualista, basado en la sintonía sobrevenida entre sujetos, sea la de la red. Entonces uno piensa en las virtudes de internet y las formas de sociabilidad que propicia, paradigma de relación reticular, paraíso donde se ha podido hacer palpable por fin la utopía de una sociedad de individuos desanclados y sin cuerpo, en un universo de instantaneidades, una solidaridad empática basada en el diálogo y el acuerdo sincrónico entre personas individuales con un alto nivel de exigencia ética consigo mismas y con el mundo. Entre otros efectos, este tipo de concepciones de la acción política al margen de la política se traduce en la institucionalización de la asamblea como instrumento por antonomasia de y para los acuerdos entre individuos que no aceptan ser representados por nada ni por nadie. Esta forma radical de parlamentarismo se conforma como órgano inorgánico cuyos componentes se pasan el tiempo negociando y discutiendo entre sí, pero que tienen graves dificultades con negociar o discutir con cualquier instancia exterior, porque en realidad no tienen nada que ofrecer que no sea su autenticidad comunitaria y que es más intralocutora que interlocutora.

El activismo de este tipo de movimientos se expresa de modo análogo: generación de pequeñas o grandes burbujas de lucidez e impaciencia colectivas, que operan como espasmos en relación y contra determinadas circunstancias consideradas inaceptables, iniciativas de apropiación del espacio público que pueden ser especialmente espectaculares, que ponen el acento en la creatividad y que toman prestados elementos procedentes de la fiesta popular o de la performance artística. Se trata, por tanto, de movilizaciones derivadas de campañas específicas, para las que pueden establecerse mecanismos e instancias de coordinación provisionales que se desactivan después…, hasta la próxima oportunidad en la que nuevas coordenadas y asuntos las vuelvan a generar poco menos que de la nada. Cada oportunidad movilizadora instaura así una verdad comunicacional intensamente vivida, una exaltación en la que la pesadilla de las relaciones de producción, las dependencias familiares y los servilismos estructurales que conforman nuestra vida cotidiana se ha desvanecido por unos momentos o incluso días.

Se genera así, durante el lapso en que la movilización se producem una especie de refugio en que vivir una emancipación en última instancia ilusoria de la gravitación de las clases y los enclasamientos, una victoria momentánea de la realidad como construcción interpersonal sobre lo real como experiencia objetiva del mundo.

Lo que quiero con mi intervención es advertir del peligro de que, en efecto, la gran movilización en marcha estos días devenga un ejemplo de este tipo de grandes convulsiones colectivas inspiradas y orientadas por lo que en la práctica puede ser una mera crítica ética del orden económico y político que padecemos, estructurado vagamente en torno a una no menos vaga denuncia de una entidad abstracta, casi metafísica, que es “el sistema”. En Barcelona hemos conocido varios ejemplos de este tipo de movilización tan potente como efímera, que se han desvanecido en la nada en cuanto los medios de comunicación han dejado de atender el colorista espectáculo que deparaban. Desde luego el movimiento contra la guerra de Irak en el 2003 sería un paradigma de ello, pero también lo serían las movilizaciones estudiantiles contra el plan Bolonia en marzo de 2009, que alcanzaron puntas importantes de dramatismo social, pero que, al cabo de unas semanas de su algidez en el desalojo del rectorado de la Universitat de Barcelona, se extinguieron sin dejar tras de sí otra cosa que un vacio y una inanidad de las que todavía somos víctimas en las universidades catalanas.

Así pues se plantea como urgente la cuestión de qué hacer cuanto la intensidad de la emoción colectiva que nos reúne ahora y aquí se vaya amortiguando y cuando –y no quepa duda de que esto ocurrirá dentro de unos días– los medios de comunicación dejen de considerarnos “interesantes” y los políticos de expresar una cierta simpatía y comprensión ante el malestar que nos congrega esta mañana. Es la discusión política y la imaginación colectiva a las que, estos días y en esta y otras plazas, les corresponde concebir y organizar un camino que convierta este escándalo ante lo que pasa y nos pasa en energía histórica.

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Este blog, como su nombre indica, pretende ser de política incluida la política baetulense. "La maldekstra kolono" en esperanto significa "La columna izquierda". Está claro que colono es columna y, por eliminación, maldektra es izquierda (dekstra es derecha, y en esperanto los antónimos se forman con el prefijo mal-). Decía que esto se llama "La columna izquierda", no "La columna derecha", así que si sacrilizas la propiedad privada, si defiendes los crucifijos en la escuela, si dices "perroflauta" con la boca torcida, si crees en las fronteras, en la militarización, y en todas esas mindongas que te han metido en la cabeza entonces, amigo, este blog no te va gustar.

El título del blog es en esperanto porque si un día tengo que utilizar una lengua internacional para un artículo que quiero que lean mis lectores en Pekín o en Pokón, utilizaré el esperanto (que puedes aprender, gratis y en un periquete, en webs como http://es.lernu.net). Y porque aceptar el status quo es morirse de asco.